miércoles, 14 de marzo de 2012

Dejarlos ir...

Cuando perdemos a un ser querido, muchas veces nos negamos a dejarlos ir.

Ya sea que se hayan ido de manera violenta, por una enfermedad o después de haber vivido muchos años, los humanos tendemos a aferrarnos de las personas cercanas y cuando fallecen, sentimos que una parte de nosotros se muere también.

A mi me pasó con mis abuelos. Por mucho tiempo me negué a aceptar su partida y -egoistamente- no lograba dejarlos partir.

Cada que pensaba en ellos, cada que veía sus fotografías, cada fecha especial, lloraba por ellos, por su ausencia y por el dolor tan inmenso que sentía al no tenerlos más conmigo.

De alguna manera los tenía atrapados aqui conmigo, a veces sentía su presencia en mi casa, alcanzaba a olfatear el aroma de la loción de mi abuelita, el olor de mi abuelito, el aroma del te de limón que tanto les gustaba. Muchas veces me dijeron que tenía que dejarlos descansar en paz, pero yo no sabía como... o quizá, no quería hacerlo.

Hasta hace unos días, justamente cuando cumplí años. Mi esposo me dijo que tenía la premonición de que algo relacionado a mis abuelos, iba a suceder. Así que me preparé con un vaso con agua debajo de la cama y una gota de miel de abeja sobre mi tercer ojo. Todo esto, para tener una mejor percepción de la experiencia.

Lo que sucedió no puedo explicar si fue un sueño, pero se sintió muy real. Al rededor de las 2 de la mañana tuve un episodio muy extraño,  me encontraba en mi cama, ahí en la oscuridad recostada como cualquier otra noche, cuando sentí la presencia de mis abuelitos. Fue muy raro por que no los vi, pero los sentí. Y no los sentía en un sitio especifico de mi habitación, sino en todos lados, a mi izquierda, a mi derecha, enfrente de mi, arriba de mi.

No recuerdo con exactitud quien empezó a hablar, si ellos o yo.

Lo unico que recuerdo, de manera muy difusa, es que les pedí perdon. Les supliqué que me perdonaran por haberme alejado de ellos. Les dije que los extrañaba mucho, que me sentía muy culpable y que los quería mucho. Que habían sido parte muy importante de mi vida y que me lastimaba mucho pensar que los últimos años yo había estado tan lejos de ellos.

Entonces ellos me hablaron. No escuché sus voces, pero en mi mente, sabía lo que estaban diciendome. Me dijeron que me perdonaban, que ellos también me querían y que habían venido por última vez, por que era hora de hacer un cierre. Me dijeron que era hora de dejarlos ir para dar el siguiente paso espiritual para acercarse más a Dios.

Me dijeron que eso no significaba que iban a desaparecer, y que siempre que yo quisiera hablarles, ellos iban a escucharme. Y que siempre siempre iban a estar conmigo.

Sentí mucha paz, mucha energía en toda la habitación. Me sentí dichosa de escucharlos y de saber que estaban en paz.

Por último tuve la visión de mi abuelita regalandome un rosal. Me dijo que vaciara el vaso con agua que estaba debajo de mi cama en la maceta donde tenía plantadas las estacas de rosal.

Luego se despidieron y me reiteraron que siempre que hablara con ellos iban a escucharme.

Entonces sentí un hormigueo en todo mi cuerpo, como una ola de energía que me recorría todo el cuerpo... y entonces dejé de sentir la presencia de mis abuelos. Una sensación de vacío comenzó a estremecerme y sentí miedo.

Entonces me incorporé en la cama y presté atención a todos los ruidos nocturnos. No se por que sentía miedo. Pero entonces me volví a acostar y me quedé dormida.

Desde ese momento puedo pensar en ellos sin sentirme mal, puedo ver sus fotografías sin derramar lagrimas por ellos. He quedado en paz y he sido capaz de dejarlos ir para que den el siguiente paso, como ellos mismos lo dijeron.

Como dato curioso, llevaba más de un año plantando estacas de rosal sin tener exito. Al día siguiente de vivir esta experiencia regué la maceta de las estacas con el agua del vaso que me indicó mi abuelita y despues de dos semanas, las estacas comenzaron a enraizar y a salirles ramificaciones y hojas nuevas. Creo que mi abuelita me dejó un ultimo regalo: un par de rosales como los que a ella tanto le gustaban.

A partir de entonces, y gracias a esa experiencia, puedo decir con seguridad que me siento bendecida y muy feliz por todos los años que tuve a mis abuelos conmigo, en lugar de sentirme triste por que ya no están.

Escuchar de ellos mismos, que ya era hora de dejarlos ir para dar el siguiente paso, fue lo que me ayudó a hacer un cierre y por fin, estar en paz.